Una tímida brisa aparta de mi cuerpo las garras de un calor húmedo y asfixiante que se ha ido imponiendo en el mes de julio. Tras acabar mi último examen, mi mente se siente libre de estrés por unas horas y empieza a divagar sobre el fue, el es y el será de este reflexivo viajero, por un año erasmus y heidelberguense. Camino ahora por Bismarckplatz en dirección a la Hauptstrasse y de fondo ya puedo oír a un matrimonio italiano cantando viejas canciones napolitanas. La Hauptstrasse es el corazón de Heidelberg, un pasaje comercial de 2 kilómetros que articula todo el centro de la ciudad. La vida de la urbe pasa por aquí y es por aquí por donde pasa este último año de mi vida. Alemania es un lugar en el que puedes ver en la misma calle a un albañil húngaro trabajando en la obra, a un grupo de polacos tocando el acordeón, mientras cenas en una pizzería italiana con erasmus ingleses, búlgaros y franceses. Alemania no sólo lleva la batuta de Europa por ser la economía más fuerte, sino también porque Alemania es Europa.
Me siento en un banco a ver pasar mis últimos días en este país que me ha acogido durante un año: Alemania, el país del empleo y la estabilidad, el país de la burocracia, la hipocresía y la frialdad, la nación de espíritu kantiano, pero también la tierra de Thomas Mann, Schiller y Goethe, del Brezel, la Bratwurst y los bosques, la tierra de la puntualidad, la fidelidad y la organización. De los alemanes he aprendido que las cosas funcionan bien porque se trabaja en ellas, que si se quiere un ambiente universitario idílico, el espíritu de asociación no debe perderse; todo lo demás es pataleta y victimismo - huir de la responsabilidad.
Vuelvo a emprender mi tránsito por la Hauptstrasse, cuando empiezo a sentir cómo se me erizan los pelos de las piernas al oír la guitarra flamenca de un esbelto moreno de pelo corto que lleva el tatuaje de una serpiente en el mismo brazo con el que rasguea la guitarra. En la funda, una bandera de España pequeñita me recuerda el lugar al que tengo que regresar en pocos días. España, mi España, la que me duele, a la que añoro, la que me enfurece y al segundo me colma de alegría, la España del paro y la crisis, la España cainita, cañí y cani, la España con mala leche y alma bakuninista, pero también la España de Dalí y García Lorca, la España de Unamuno y Quevedo, la de las playas y las charlas con café y mentes despiertas, la España diferente, anárquica y anarquista, la de mi Gente y mi idioma, la España de mi infancia y mi adolescencia. Decía antes algunas cosas que he aprendido de los alemanes, pero aquí a miles de kilómetros de casa, también he aprendido a ser español, he aprendido de las virtudes que los españoles tenemos y que tantas veces queda oculta bajo el velo de los complejos. De los españoles he aprendido que el trabajo y la obligación no pueden ser el único motor de nuestras motivaciones, que lo más maravilloso en este mundo es poder compartir la alegría, la Freude, con nuestros semejantes, que una guitarra y un vaso de vino están bastante cerca de lo mejor que podemos encontrar en esta vida, que lo espontáneo es el gracejo, la broma que esconde cariño, y la satisfacción más inmediata.
No puedo olvidarme de lo mucho que aquí he crecido como persona, de la extensión de la empatía que se logra al conocer gentes de todo el mundo. Me llevo partes de Estados Unidos, Canadá, Méjico, Colombia, Perú, Chile, Uruguay, China, India, Japón, Corea, Irán, Irak, Afghanistán, Arabia Saudí, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Italia, Reino Unido, Suecia, Finlandia, Letonia, Rusia, Grecia, Rumanía, Bulgaria, República Checa y, cómo no, de prácticamente todas las provincias españolas. La extensión de la empatía significa la relajación de los prejuicios étnicos, la búsqueda de lo común en lo diverso, de lo que nos une como especie: la conciencia del otro, reír con el otro, sentir al otro.
Me llevo anécdotas y grandes momentos, el haber convivido diariamente con la nieve por primera vez, desenterrando al niño pequeño que creía que había desaparecido. Aprendí también bastante de las noches en las que la soledad más amarga, la verdadera soledad, la que no es voluntaria, me provocaba un deseo intenso de volver a casa.
El vértigo ante las despedidas, el que muera un trocito de nuestras vidas, es algo que nos aterra a todos. Pero tenemos que seguir adelante sabiendo que no podemos saltarnos ningún eslabón de nuestra escalera al cielo y que, al fin y al cabo, somos una mezcla de las cosas y personas que nos hemos encontrado a lo largo de nuestra travesía. A los que ya no me verán más y sientan que he significado algo para sus vidas, sólo les puedo recordar la vieja canción de Within Temptation, que decía: You will find me in the world of yesterday. Al resto, no puedo dejar de proyectarlos en un futuro en el que descubriremos nuevas ciudades, recordaremos viejas anécdotas y pondremos al día nuestros triunfos y frustraciones, nuestras penas y glorias.
De repente, me saca de mi enajenación una voz grave y robótica que dice: Nächste Haltestelle, Wieblingen, Bonhoefferstrasse. He llegado a casa, la que fue mi casa.
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domingo, 28 de julio de 2013
jueves, 30 de mayo de 2013
Weimar y Heidelberg, las joyas de la corona (II)
Uno de los aspectos más enriquecedores de la vida Erasmus es la oportunidad de viajar y que la exploración no se reduzca únicamente a los confines de la ciudad donde estudias. Más allá de los castillos y las iglesias, de los monumentos y los teatros, salir de excursión fuera de Heidelberg también es una oportunidad para conocer gentes de otras culturas, que a través de sus inquietudes y costumbres me enseñan lo inmenso que es el mundo. Mientras que muchos estudiantes se pierden en el vicio de buscar en el viaje lugares para su foto de perfil, yo he tratado de otorgarle un sentido menos estético a mis excursiones por Alemania. Siendo un declarado germanófilo y bibliófilo, no podía yo desperdiciar este momento de mi vida para acudir a los sitios sobre los que pusieron sus zapatos mis escritores predilectos de la literatura alemana.De esta corona dorada, le dedico este artículo a las que son, en mi opinión, sus dos grandes joyas: Weimar y Heidelberg.
Tuve la ocasión de visitar Weimar hace dos semanas con una de las excursiones que organiza la universidad. Weimar es pequeña, bella, clásica y se halla incrustada en un paisaje verdoso del land de Turingia, que ostenta con orgullo la superficie boscosa más extensa de Alemania, de ahí su apodo "Das grüne Herz Deutschlands" (el corazón verde de Alemania).Weimar es la ciudad de los clásicos alemanes, a saber, del filósofo y teólogo Herder (1744-1803) , de Schiller (1759-1805) y del gran Goethe (1749-1832).
Si no mencioné a Goethe en mi primer artículo, fue porque consideraba mucho más justo ligarlo a la ciudad donde vivió durante más de 50 años hasta su muerte. Goethe es a las letras germanas lo que Cervantes a la nuestras. De hecho, el instituto que tiene como misión publicitar la lengua y cultura alemanas lleva su nombre, al igual que Cervantes en el caso del español.Goethe fue un autor muy prolífico y cultivó diversas formas de literatura como la poesía, la novela o el ensayo, pero fue una obra de teatro la que lo catapultó a la eternidad de la literatura universal. Fausto es una tragedia que rescata la leyenda del Fausto, un alquimista medieval alemán que vendió su alma para acceder a todo el conocimiento. El Fausto de Goethe, reencarnado en su obra en un médico, representa de alguna manera la frustración del hombre moderno que nace a las puertas del s.XIX. Tras la explosión de conocimiento decimonónica, atrás quedaron aquellos hombres virtuosos que dominaban varias ramas del saber; es el nacimiento del hombre especializado. Este Fausto también se verá obligado a pactar con el diablo para matar la frustración, ¡pero a qué precio!
Como poeta, Goethe tenía unos versos desbordantes, capaces de pulir las a veces toscas consonantes del alemán. Compré su obra lírica al completo en la tienda de su casa-museo, en Weimar. Aunque a decir verdad, la ciudad entera es un museo al literato. En la Theaterplatz, hay erigida una escultura de bronce a Goethe y Schiller, justo delante del Deutsche Nationaltheater, teatro que regentó Goethe durante décadas. También allí, a un par de kilómetros, se encontraba la Goethehaus, casa donde vivió el filósofo varias décadas y donde, finalmente, encontró la muerte. El crujir de los escalones que llevaban al recibidor de la casa me hizo imaginar en el suelo las huellas que dejó el dramaturgo hace 200 años.
Goethe gozó del favor del duque Carlo Augusto, que le regaló una casa-jardín con unos idílicos alrededores que tantas poesías le debieron inspirar. En el camino que me llevó a ella, me quedó claro por qué Goethe es el padre del romanticismo y que ningún escritor puede marcharse de esa ciudad sin ser, al menos durante un rato, un romántico más.
Schiller es el segundo niño mimado de la ciudad alemana. También fue poeta y dramaturgo, además de historiador. Llegó a Weimar invitado por Goethe y allí pasó los últimos tres años de su vida. Al contrario que Goethe, Schiller anduvo con grandes problemas económicos toda su vida, pero eso no impidió que se representasen obras suyas tan conocidas como Maria Estuardo o Wallenstein. También en Weimar se puede visitar la Schillerhaus, igualmente una casa-museo, aunque no tan nutrida como la de Goethe.
La experiencia en Weimar me dejó reflexiones que no puedo exponer aquí pero que pululan por mi mente, buscando el momento idóneo para salir, quién sabe si en este blog o en cualquier escrito futuro.
Pensaba escribir a continuación sobre Heidelberg y la literatura, pero creo que una ciudad que ha visto mis penas y glorias durante un año merece una mención aparte. Hasta entonces, les recomiendo que recojan los frutos ya maduros de la verde Weimar.
Tuve la ocasión de visitar Weimar hace dos semanas con una de las excursiones que organiza la universidad. Weimar es pequeña, bella, clásica y se halla incrustada en un paisaje verdoso del land de Turingia, que ostenta con orgullo la superficie boscosa más extensa de Alemania, de ahí su apodo "Das grüne Herz Deutschlands" (el corazón verde de Alemania).Weimar es la ciudad de los clásicos alemanes, a saber, del filósofo y teólogo Herder (1744-1803) , de Schiller (1759-1805) y del gran Goethe (1749-1832).
Si no mencioné a Goethe en mi primer artículo, fue porque consideraba mucho más justo ligarlo a la ciudad donde vivió durante más de 50 años hasta su muerte. Goethe es a las letras germanas lo que Cervantes a la nuestras. De hecho, el instituto que tiene como misión publicitar la lengua y cultura alemanas lleva su nombre, al igual que Cervantes en el caso del español.Goethe fue un autor muy prolífico y cultivó diversas formas de literatura como la poesía, la novela o el ensayo, pero fue una obra de teatro la que lo catapultó a la eternidad de la literatura universal. Fausto es una tragedia que rescata la leyenda del Fausto, un alquimista medieval alemán que vendió su alma para acceder a todo el conocimiento. El Fausto de Goethe, reencarnado en su obra en un médico, representa de alguna manera la frustración del hombre moderno que nace a las puertas del s.XIX. Tras la explosión de conocimiento decimonónica, atrás quedaron aquellos hombres virtuosos que dominaban varias ramas del saber; es el nacimiento del hombre especializado. Este Fausto también se verá obligado a pactar con el diablo para matar la frustración, ¡pero a qué precio!
Como poeta, Goethe tenía unos versos desbordantes, capaces de pulir las a veces toscas consonantes del alemán. Compré su obra lírica al completo en la tienda de su casa-museo, en Weimar. Aunque a decir verdad, la ciudad entera es un museo al literato. En la Theaterplatz, hay erigida una escultura de bronce a Goethe y Schiller, justo delante del Deutsche Nationaltheater, teatro que regentó Goethe durante décadas. También allí, a un par de kilómetros, se encontraba la Goethehaus, casa donde vivió el filósofo varias décadas y donde, finalmente, encontró la muerte. El crujir de los escalones que llevaban al recibidor de la casa me hizo imaginar en el suelo las huellas que dejó el dramaturgo hace 200 años.
Goethe gozó del favor del duque Carlo Augusto, que le regaló una casa-jardín con unos idílicos alrededores que tantas poesías le debieron inspirar. En el camino que me llevó a ella, me quedó claro por qué Goethe es el padre del romanticismo y que ningún escritor puede marcharse de esa ciudad sin ser, al menos durante un rato, un romántico más.
Schiller es el segundo niño mimado de la ciudad alemana. También fue poeta y dramaturgo, además de historiador. Llegó a Weimar invitado por Goethe y allí pasó los últimos tres años de su vida. Al contrario que Goethe, Schiller anduvo con grandes problemas económicos toda su vida, pero eso no impidió que se representasen obras suyas tan conocidas como Maria Estuardo o Wallenstein. También en Weimar se puede visitar la Schillerhaus, igualmente una casa-museo, aunque no tan nutrida como la de Goethe.
La experiencia en Weimar me dejó reflexiones que no puedo exponer aquí pero que pululan por mi mente, buscando el momento idóneo para salir, quién sabe si en este blog o en cualquier escrito futuro.
Pensaba escribir a continuación sobre Heidelberg y la literatura, pero creo que una ciudad que ha visto mis penas y glorias durante un año merece una mención aparte. Hasta entonces, les recomiendo que recojan los frutos ya maduros de la verde Weimar.
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