Mostrando entradas con la etiqueta españa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta españa. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de julio de 2013

Nächste Haltestelle: Wieblingen, Bonhoefferstrasse

Una tímida brisa aparta de mi cuerpo las garras de un calor húmedo y asfixiante que se ha ido imponiendo en el mes de julio. Tras acabar mi último examen, mi mente se siente libre de estrés por unas horas y empieza a divagar sobre el fue, el es y el será de este reflexivo viajero, por un año erasmus y heidelberguense. Camino ahora por Bismarckplatz en dirección a la Hauptstrasse y de fondo ya puedo oír a un matrimonio italiano cantando viejas canciones napolitanas. La Hauptstrasse es el corazón de Heidelberg, un pasaje comercial de 2 kilómetros que articula todo el centro de la ciudad. La vida de la urbe pasa por aquí y es por aquí por donde pasa este último año de mi vida. Alemania es un lugar en el que puedes ver en la misma calle a un albañil húngaro trabajando en la obra, a un grupo de polacos tocando el acordeón, mientras cenas en una pizzería italiana con erasmus ingleses, búlgaros y franceses. Alemania no sólo lleva la batuta de Europa por ser la economía más fuerte, sino también porque Alemania es Europa.

Me siento en un banco a ver pasar mis últimos días en este país que me ha acogido durante un año: Alemania, el país del empleo y la estabilidad, el país de la burocracia, la hipocresía y la frialdad, la nación de espíritu kantiano, pero también la tierra de Thomas Mann, Schiller y Goethe, del Brezel, la Bratwurst y los bosques, la tierra de la puntualidad, la fidelidad y la organización. De los alemanes he aprendido que las cosas funcionan bien porque se trabaja en ellas, que si se quiere un ambiente universitario idílico, el espíritu de asociación no debe perderse; todo lo demás es pataleta y victimismo - huir de la responsabilidad.

Vuelvo a emprender mi tránsito por la Hauptstrasse, cuando empiezo a sentir cómo se me erizan los pelos de las piernas al oír la guitarra flamenca de un esbelto moreno de pelo corto que lleva el tatuaje de una serpiente en el mismo brazo con el que rasguea la guitarra. En la funda, una bandera de España pequeñita me recuerda el lugar al que tengo que regresar en pocos días. España, mi España, la que me duele, a la que añoro, la que me enfurece y al segundo me colma de alegría, la España del paro y la crisis, la España cainita, cañí y cani, la España con mala leche y alma bakuninista, pero también la España de Dalí y García Lorca, la España de Unamuno y Quevedo, la de las playas y las charlas con café y mentes despiertas, la España diferente, anárquica y anarquista, la de mi Gente y mi idioma, la España de mi infancia y mi adolescencia. Decía antes algunas cosas que he aprendido de los alemanes, pero aquí a miles de kilómetros de casa, también he aprendido a ser español, he aprendido de las virtudes que los españoles tenemos y que tantas veces queda oculta bajo el velo de los complejos. De los españoles he aprendido que el trabajo y la obligación no pueden ser el único motor de nuestras motivaciones, que lo más maravilloso en este mundo es poder compartir la alegría, la Freude, con nuestros semejantes, que una guitarra y un vaso de vino están bastante cerca de lo mejor que podemos encontrar en esta vida, que lo espontáneo es el gracejo, la broma que esconde cariño, y la satisfacción más inmediata.



No puedo olvidarme de lo mucho que aquí he crecido como persona, de la extensión de la empatía que se logra al conocer gentes de todo el mundo. Me llevo partes de Estados Unidos, Canadá, Méjico, Colombia, Perú, Chile, Uruguay, China, India, Japón, Corea, Irán, Irak, Afghanistán, Arabia Saudí, Nueva Zelanda, Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Italia, Reino Unido, Suecia, Finlandia, Letonia, Rusia, Grecia, Rumanía, Bulgaria, República Checa y, cómo no, de prácticamente todas las provincias españolas. La extensión de la empatía significa la relajación de los prejuicios étnicos, la búsqueda de lo común en lo diverso, de lo que nos une como especie: la conciencia del otro, reír con el otro, sentir al otro.




Me llevo anécdotas y grandes momentos, el haber convivido diariamente con la nieve por primera vez, desenterrando al niño pequeño que creía que había desaparecido. Aprendí también bastante de las noches en las que la soledad más amarga, la verdadera soledad, la que no es voluntaria, me provocaba un deseo intenso de volver a casa.

El vértigo ante las despedidas, el que muera un trocito de nuestras vidas, es algo que nos aterra a todos. Pero tenemos que seguir adelante sabiendo que no podemos saltarnos ningún eslabón de nuestra escalera al cielo y que, al fin y al cabo, somos una mezcla de las cosas y personas que nos hemos encontrado a lo largo de nuestra travesía. A los que ya no me verán más y sientan que he significado algo para sus vidas, sólo les puedo recordar la vieja canción de Within Temptation, que decía: You will find me in the world of yesterday. Al resto, no puedo dejar de proyectarlos en un futuro en el que descubriremos nuevas ciudades, recordaremos viejas anécdotas y pondremos al día nuestros triunfos y frustraciones, nuestras penas y glorias.




De repente, me saca de mi enajenación una voz grave y robótica que dice: Nächste Haltestelle, Wieblingen, Bonhoefferstrasse. He llegado a casa, la que fue mi casa.











jueves, 9 de mayo de 2013

El refugio bajo el papel (I)

Salgo de clase y unos oscuros nubarrones hacen presagiar la tormenta inminente. Tras los primeros días calurosos del año, el instinto reaccionario del invierno busca imponer su voluntad con fuertes lluvias y un molesto viento que hace inútil al paraguas. Acudo a refugiarme en una modesta librería de la calle Plock. En la entrada hay varias estanterías atestadas de libros de segunda a mano a dos euros. Son libros viejos, literatura de segunda clase, libros para viajeros, cuadernos con imágenes de arte pictórico y planos de la ciudad. Probablemente sigan envejeciendo allí hasta el fin de sus días. Cuando entro, el olor a papel viejo me impregna los pulmones y siglos y siglos de tinta me recorren la sangre. Las estanterías de la única planta del edificio están tan repletas que no cabría ya ni un alfiler, ni tan siquiera un humilde marcapáginas. Dentro del caos literario, unas pequeñas etiquetas pegadas en los estantes tratan de poner orden aludiendo a autores, estilos y épocas. Al fondo de la sala veo a un señor de unos 60 años, con la barba gris y recortada, una camisa de rayas blancas y azules y una chaqueta marrón con coderas. Levanta dos segundos la vista del periódico mientras le da una calada a un puro, me echa una mirada analítica y vuelve a posar sus ojos sobre el texto.

Alguien como yo, que se refugia en la literatura cuando los días le amanecen grises, no podía desaprovechar la oportunidad de vivir en Alemania y disfrutar de sus más preciados tesoros literarios. Y con más razón cuando uno tiene la gran suerte de mecerse en la cuna del Romanticismo, Heidelberg. Probablemente esta es una de las zonas con mayor peso literario del país: aquí escribieron algunos de sus versos Goethe y Hölderlin, también Eichendorff y Heinrich Heine, y sus paisajes boscosos inspiraron analogías con los más profundos sentimientos a los precursores del romanticismo alemán.




Aprovechando que afuera sigue lloviendo a cántaros, decido echarle un vistazo a la pequeña librería. Mientras deslizo mis dedos por el lomo de los libros, uno de ellos me llama particularmente la atención: con una portada de fondo azul, aparecen en la portada varios caballeros medievales con sus lanzas. Más arriba leo "Das Nibelungenlied". El cantar de los Nibelungos es una obra de autor desconocido que data del siglo XIII. Es a la literatura alemana lo que El cantar del mío Cid a la española. Ambientada en una época en la que la única forma de aumentar el patrimonio personal era invadir otros reinos, en esta epopeya se narran las gestas de Sigfrido, un valiente guerrero que consiguió la inmunidad tras derrotar a un dragón y bañarse en su sangre. Sin embargo, una parte de su cuerpo queda sin bañar y se convierte en su única zona vulnerable. ¿Os suena de algo? El texto hace multitud de referencias a los mitos germánicos y de su historia se nutrió, entre otros, Richard Wagner para componer su magnum opus Der Ring des Nibelungen (El anillo del Nibelungo).

Avanzo hacia la próxima estantería, de literatura algo más reciente, y me encuentro con un libro voluminoso, de fuertes tapas y una portada que me devuelve a mi infancia: dos niños de rubios cabellos caminan por un bosque y al fondo se ve una señora mayor con aspecto de bruja y una casa de gominola a sus espaldas. ¿El título? Kinder- und Hausmärchen, es decir, los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Diría que son una lectura obligada, pero estaría siendo hipócrita. Los cuentos de los hermanos Grimm están ya dispersos por nuestra cultura, en las películas de Disney, los dibujos animados, etc. Todo el mundo los conoce. En realidad, estos cuentos fueron concebidos en su inicio como una investigación filológica de los hermanos Grimm. En el siglo XIX, justo después de las guerras napoleónicas, el pueblo alemán se hallaba inmerso en una búsqueda de sus raíces que culminaría en su establecimiento como nación política. Los hermanos Grimm recuperaron cuentos trasmitidos por la tradición oral calvinista. Prácticamente todos los cuentos acaban con una enseñanza del tipo moral. En los mundos que en ellos se narran son de gran importancia los bosques, la corte del rey, determinados números, etc. Sin esperarlo, estos cuentos se hicieron tremendamente populares entre los niños, que posteriormente han sido utilizados como público para las futuras adaptaciones cinematográficas. Unas historias maravillosas para aprender no ya sólo de dónde procede la nación alemana, sino de dónde venimos el resto de europeos.

Tras permanecer ensimismado durante unos diez minutos ante el libro de los hermanos Grimm, desvío mi mirada hacia la próxima estantería y el señor del puro, con semblante serio, pero amistoso, me pregunta: Kann ich helfen? Tras decirle que no necesito su ayuda, continúo ojeando libros hasta que uno vuelve a producirme interés. En este caso no se trata de su portada, ni de su amplitud, ni siquiera de su encuadernación; aquí es el nombre del autor lo que me llama. Hermann Hesse es uno de los pocos autores que conozco desde que era pequeño, pues en casa había un librito suyo, Siddharta, y en más de una ocasión le eché un ojo cuando apenas sabía juntar dos letras. De Hermann Hesse se pueden destacar varias obras: Demian, El lobo estepario, Narciso y Goldmundo. Uno de los temas más importantes de su literatura es la lucha entre individuo y sociedad, la lucha contra los preceptos morales que nos vienen impuestos, el grito de libertad de quien vio su época como una prisión espiritual. Uno de sus libros menos conocidos, Bajo las ruedas, tiene sin embargo un valor añadido para mí. Hace unos meses tuve la ocasión de visitar el monasterio evangélico de Maulbronn, pequeño pueblo al sur de Heidelberg. En él estudió Hermann Hesse durante siete meses y en él se basó para escribir este libro que leí expresamente unos días después de visitar el monasterio. Hasta ahora ha sido la experiencia literaria más satisfactoria que he tenido. Estar justo en el mismo lugar donde estuvo uno de mis escritores predilectos, ver que nada ha cambiado, que los paisajes que lo inspiraron a él ahora se acurrucan en mi cuaderno.



De repente entra luz en la sala, ha escampado finalmente y un arcoiris se eleva en el horizonte. Me ajusto la mochila al hombro y salgo por la puerta, con la actitud del caminante y la esperanza del joven.

sábado, 6 de abril de 2013

Sobre las ruedas

Sentado en los últimos asientos del bus, miro a través de la ventana sumido en mis cavilaciones rutinarias. La estampa de los todavía desnudos árboles con el río Neckar de fondo se presenta como escenario ideal para la obra de mis pensamientos. Cuando llegué aquí en octubre, todos estos paisajes me embriagaban el alma, me concedían material de primera calidad para llenar folios y folios de alabanzas en verso y prosas wertherianas. Ahora, varios meses después, apenas si los distingo del resto del entorno, como si estuviese ante otra gasolinera o restaurante. Tal es la fuerza de lo cotidiano. De repente, la sensación de belleza conocida cesa, cuando poso mi mirada sobre una muchacha que acaba de entrar en la última parada y se ha sentado justo delante de mí. Sus rasgos son los de una auténtica belleza nórdica: nariz fina y puntiaguda, cabellos rubios y lacios, tez pálida y ojos azules perdidos en el paisaje. Es increíble la cantidad de caras nuevas que se ven en un autobús, las innumerables historias que se escuchan, la inevitable complicidad de quienes cumplen con su deber matinal. Utilizar el trasporte público se ha convertido en mi día a día desde que puse mis pies sobre Heidelberg, así que ya iba siendo hora de dedicarle unos minutos de escritura.

Lo que sin duda llamó mi atención desde el primer momento fue el silencio que envuelve los viajes en bus, tren o tranvía. Rara vez se dan cita conversaciones a no ser que nos encontremos en hora punta o un contingente de colegiales haga acto de presencia. También he notado que la forma en que se accede es distinta. Al contrario que en Málaga, la gente normalmente entra en el bus sin validar el billete. Esto se debe a que suele llevar consigo un bono que en el caso de los estudiantes se llama Semesterticket y sirve para poder utilizar todos los sistemas de trasporte de la empresa que opera en cada región determinada. El mío cuesta 141 euros y su periodo de validez - como indica el nombre - es de seis meses. ¿Pero no facilita este sistema que la gente se cuele? Digamos que, como otras tantas cosas en Alemania, está basado en una relación de confianza por parte del vendedor y miedo por parte del cliente. Puedes colarte cuantas veces quieras, pero de vez en cuando pasan revisores y si te pillan te cae una multa de 40 euros. En el bus o el tranvía no es muy común ver inspectores, pero en el tren es la norma. Así que si estáis planeando visitar Alemania, tenedlo en cuenta.

Como en España, viajar en tren es bastante caro, pero existen ofertas para grupos que invitan a emular a Jack Kerouac y sus amigos y hacerse un On the road por toda Alemania. Una de estas ofertas es el ticket  Schönes Wochenende (Buen fin de semana). Por 42 euros se puede viajar sábado y domingo por el territorio federal en grupos de como máximo 5 personas. Además, en Alemania es muy común hacer autostop y con un poco de paciencia y generosidad de los conductores te puedes acercar a tu destino y conocer a gente maravillosa de paso. Además, existe la Mitfahrgelegenheit (Ocasión de viaje compartido). En su página web, conductores que tienen que hacer un viaje a la ciudad X lo anuncian y por un precio muy reducido puedes ir con ellos. Una muestra más de la capacidad de asociación que tienen nuestros vecinos germanos.

En otro orden de cosas, la figura del coche es muy importante en Alemania. Los alemanes ven su industria automovilística y sus coches personales como motivo de orgullo nacional. En más de una ocasión, esperando el bus, he hecho la cuenta de los coches que pasaban y en torno a dos tercios eran de marca alemana. Audis, BMW's, Volkswagens, etc. pueblan las calles del país y una buena parte de las del extranjero. En cuanto a los taxis, no hay mucho que decir, son igual de caros que en España y el contador corre a velocidad de vértigo.

Por último, merecen un homenaje aparte las bicicletas. En Heidelberg, como buena ciudad universitaria, son el medio de transporte más popular. Y es que desde hace muchos años forman parte de la tradición universitaria alemana. Es el vehículo de estudiantes y profesores por excelencia. Los carriles bici están muy avanzados y llegan a las partes más frecuentadas de la ciudad. Como mencioné en el artículo anterior, también cumplen una función ecológica que traduce el humo y el ruido de claxon en un agudo sonido de timbre al que acompaña una igualmente aguda voz femenina que dice "Entschuldigung" para que la deje pasar. Con tanta reflexión no me había percatado de que voy por medio del carril.





sábado, 22 de diciembre de 2012

Regreso a casa y balance general

Después de tres intensos meses llenos de aprendizaje, nuevas sensaciones, pérdida de la noción del tiempo e inmersión en un nuevo país, llega el momento de regresar a casa. Es Navidad y, como todo fin de año, hora de hacer un balance general de lo vivido. Y por más que escarbo entre mi memoria reciente, me cuesta encontrar recuerdos improductivos. Los buenos recuerdos fueron muy bellos; los malos fueron muy instructivos.

Mi objetivo primordial en esta aventura era adentrarme en la cultura alemana y empaparme de su espíritu y de su lengua y es precisamente en este aspecto en el que he visto madurar los más jugosos frutos. Mis primeras batallas con la lengua alemana fueron arduas, ásperas, de esas que, tras la derrota, endurecen la coraza del guerrero caído. Durante días e incluso semanas anduve con aflicción y frustración porque pensaba que no podría vencer en esa guerra mental. Mi ánimo se hallaba por los suelos y hasta sentía las ganas de huir. Sólo entonces recordé la gloria de anteriores batallas y de que la lucha es larga y cuanto más larga sea, mayor también la recompensa.

Al principio tuve grandes problemas para entender el alemán. Necesitaba que me repitiesen las cosas varias veces y más lento. Y todo esto a pesar de llevar 3 años estudiando alemán. Supongo que nunca antes me había sumergido en tal inmersión lingüística. Por escrito ya era otra historia. 3 años leyendo periódicos y libros en alemán me habían ayudado a saber domar la estructura alemana. Ver los carteles escritos en alemán, rellenar formularios de la universidad y hacer vida en esta lengua también han contribuido a profundizar en ese aspecto.

Eso en lo que concierne a la lengua del día a día. Desde un punto de vista académico, he iniciado mi toma de contacto con la traducción a y desde el alemán. Como en Heidelberg no hay asignaturas de traducción español-inglés, todos mis cursos de traducción implican al español y al alemán. Realmente ha sido la primera vez que he trabajado en clase con traducciones en lengua alemana. Ya antes había hecho en casa traducciones de Kafka y Thomas Mann, pero nada serio. En un primer momento el alemán puede parecer una lengua difícil de traducir, pero una vez se acostumbra uno, se da cuenta de que la oración alemana es muy mecánica y las estructuras se repiten una y otra vez, por lo que simplemente hay que "ordenar" el puzle y elegir las palabras adecuadas. Por contra, la lengua inglesa es mucho más caótica y espontánea y cada traducción es un nuevo mundo.

Como consecuencia de esta inmersión en la cultura alemana, mi dominio de la lengua inglesa está a punto de caer por detrás del de la lengua alemana, más por mérito de la última que por demérito de la primera. Es más, sigo aprendiendo inglés, pero a un ritmo más lento. Se han dado ocasiones en que de repente ha aparecido una oportunidad de hablar inglés y mi cerebro estaba tan colonizado por el alemán, que no he podido elaborar discursos idiomáticos en inglés. Por suerte, es algo que se va disipando a los minutos de empezar la conversación, pero puede hacer ininteligible a más de uno.

También es destacable ver cómo el carácter general de los alemanes ha hecho mella en el mío. Si bien no creo que mi carácter haya cambiado demasiado desde que llegué a Heidelberg, no se puede ignorar el hecho de que ahora pido disculpas  y permiso más habitualmente y doy las gracias prácticamente por todo. También es posible que me haya vuelto más previsor y ahorrador o simplemente que estas cualidades mías existieran de antes y se hayan potenciado. He aquí una prueba de cómo la cultura siempre está moldeando al individuo y que adaptarse es cuestión de tiempo. Hace mucho que se descubrió que nuestro cerebro es muy plástico, especialmente en las primeras etapas de nuestra vida, así que aprovechémoslo y vivamos tantas vidas como podamos. Feliz Navidad, lectores, les deseo unas felices fiestas y nos vemos a comienzos de 2013. Auf Wiedersehen!


lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Está justificado el complejo de los españoles?

Vivimos en un mundo en el que las culturas cada vez se conocen mejor entre sí. Ya todo el mundo sabe de dónde viene el bretzel, el sushi y la paella. Incluso en algunos casos hay culturas que están adoptando costumbres de otras culturas, sirvan como ejemplo las celebraciones de Halloween. Pero los pueblos, al igual que los individuos, son construcciones determinadas por sus circunstancias y su historia y, así como dos individuos, independientemente de cuánto puedan influirse mutuamente, mantienen su carácter, sus vicios y virtudes y sus lastres, igual ocurre con los pueblos.

Han tenido que pasar dos meses desde qué llegué a Heidelberg para percibir más nítidamente las diferencias de carácter entre los alemanes y mis compatriotas. Claro está que todavía queda mucho camino por recorrer y muchos lugares por explorar. Me arriesgo a que mi opinión cambie con el curso de los años. La vida es fluir.

Con el tiempo se suceden anécdotas y experiencias que le ayudan a uno a configurar su visión sobre el mundo. Hace unas semanas me comentaba un profesor que, en las clases de traducción, los alumnos españoles que vienen de Erasmus, entre los que me encuentro, siempre hacen un comentario antes de leer su traducción, como intentando excusarse ante cualquier posible error. El alumno teutón, por contra, me dijo, lee su traducción primero y luego espera a los comentarios sobre su trabajo. La observación me dio que pensar. ¿Hasta qué punto el país en el que nace un individuo determina su carácter? ¿Qué factores influyen en este proceso?

Las causas de tan dispares comportamientos son muy diversas, a saber, el clima, la religión, la historia, la literatura, etc. Analicemos, pues, qué es lo que lleva a los españoles a ponerse a la defensiva en todo momento. Uno se defiende siempre de un ataque. En nuestro caso, es este ataque un ente ficticio que el español deposita sobre cualquiera de sus acciones. El español  vive acomplejado. Piensa siempre que lo suyo vale menos. Cree que al alemán, o al inglés, o al sueco, se le tienen que dar mejor los idiomas de manera obligatoria. No nos terminamos de creer que alguien de nuestro entorno tenga fama internacional. Y cuando algo en el país no funciona, por mínimo y local que sea, siempre espetamos la frase: esto es España.

Pero, ¿realmente está justificado el complejo de los españoles? Pensamos que tenemos la peor educación, la peor economía, que somos los últimos en todo menos en fútbol. También pensamos que somos más tontos, sobre todo en comparación con el resto de Europa. Cuando vivía en España, e incluso estando aquí, yo también hacía comentarios similares. En cierto modo ignoraba que para establecer una comparación primero hay que conocer en profundidad los dos elementos que se comparan. Y eso es lo que no hacemos en España, por eso las valoraciones que vertimos sobre España los españoles están tan invadidas de prejuicios y autodesprecio.

¿Realmente los alemanes son más eficientes, inteligentes y están más avanzados que nosotros? Siempre he tenido la duda de si los españoles tenemos tan buena opinión del resto de europeos debido al aprecio que hacemos de ellos o al menosprecio que hacemos de nosotros. Sea cual sea la respuesta, en este artículo voy a abordar la cuestión del complejo de los españoles.

En primer lugar, como en casi todo en la vida, no creo que se pueda dar una respuesta absoluta a tal pregunta. Sin embargo, el complejo de los españoles sí que es absoluto, ya que abarca cualquier actividad que emprendemos. Yo creo que existen aspectos en los que ese complejo tiene su razón de ser, aspectos en los que España no funciona. Hablo de tres aspectos en concreto en los que Alemania, y otros países europeos, supera con creces a España. En mi opinión, la eficiencia alemana se basa en tres pilares que los españoles hemos descuidado siempre: educación, economía y política.

Para empezar, el sistema educativo alemán, con todas sus luces y sus sombras, aventaja al español en una serie de asuntos cruciales: se valora mucho más el mérito, existe un mayor respeto hacia el profesor y los estudiantes trabajan de forma mucho más independiente. Pero las bondades del sistema educativo no terminan aquí, sino que se extienden y desarrollan en la universidad y el sistema de educación dual. Llegados a cierta edad, los alumnos pueden elegir entre estudiar una carrera o combinar la formación académica con prácticas en una empresa. De esta forma, las universidades se descargan de cierto número de estudiantes que tienen mayor vocación para las profesiones técnicas. En España, al minusvalorar la FP, hemos provocado que las aulas universitarias estén sobrepobladas y muchos licenciados no puedan terminar accediendo a un trabajo relacionado con lo que han estudiado, ya que la oferta en ese campo ya está cubierta.


Otro de los aspectos - ya mencionado en otras entradas - es el de la libertad que goza el universitario alemán. El clima de las clases es mucho más relajado y distendido, más informal. Este ambiente tan familiar hace que el estudiante se sienta más cómodo, aproveche mejor el privilegio de estudiar una carrera y gane en creatividad. En España, en cambio, hay un intento de convertir a la universidad en una extensión del instituto. Se ignora que tanto profesor como alumno son ya adultos y que hay ciertas jerarquías que deben desaparecer.

Todos estos aspectos posicionan al sistema educativo alemán por encima del español según recoge el informe PISA, que sitúa a Alemania 23 puestos por encima de España en competencia científica, por aportar un ejemplo. Naturalmente, este hecho acaba repercutiendo en la economía y en la política notablemente.

Pero si sólo considerásemos la educación en su significado académico, estaríamos dejando el retrato a medio hacer. Buena parte de nuestra educación se curte en el ámbito familiar y, según lo poco que he podido observar hasta el momento, los padres saben complementar la educación que sus hijos reciben en las aulas. Los padres educan a sus hijos para que, desde muy pequeños, aprendan a ser independientes y a buscarse la vida. No es extraño, por ejemplo, ver a niños de 6 años coger solos el autobús que los lleva a casa después del colegio. Cuando llega la hora de estudiar en la universidad, los hijos se marchan a otra ciudad para hacer allí sus carreras. Muchos de ellos se buscan trabajillos para facilitar su situación financiera durante estos años de derroche. Cuando salen de sus grados, ya son personas totalmente formadas y con experiencia laboral, con lo que no tardan tanto tiempo en encontrar un empleo. Pero la mayor bondad de esta independencia no es la generación de individuos que pueden encontrar un empleo, sino que además están dispuestos a crearlo. La iniciativa empresarial entre los jóvenes alemanes supera con mucho la de los españoles. En España todavía no comprendemos que un país próspero, rico e independiente necesita empresarios e innovación. Sólo con este cambio de mentalidad podemos salir de la crisis. Porque se trata precisamente de eso, de salir de la crisis y no de que nos saquen.

Es cierto que el sistema de enseñanza también tiene sus sombras. Alemania es otra víctima del psicologismo educativo, que lleva a suponer que unos psicólogos pueden pronosticar si un niño de cuatro años tendrá éxito o no. Además, la segregación por niveles quizás se establezca a una edad demasiado prematura - 10 años - como para conocer el potencial de los alumnos. Y lo digo basándome en mi propia experiencia. Si me hubiesen evaluado a los 10 años hubiera acabado trabajando en un taller. En cambio, 10 años más tarde estoy estudiando tercero de Traducción, que no tiene nada que ver con aquello. Aun así, a pesar de este defecto, la educación alemana sigue puntuando muy por encima de la española, por lo que no sería un mal modelo a imitar.

En segundo lugar, Alemania, como es bien sabido, nos aventaja en el tema de moda: la economía. La suya es mucho más próspera, estable, y no está viviendo el drama que sufre la nuestra. Un buen número de indicadores muestra que la economía alemana está atravesando triunfante este pedregoso camino. La tasa de desempleo está en el 6.5%, la inflación es relativamente baja - como en España, gracias al euro -, el déficit se está reduciendo considerablemente y es posible que para 2014 se equilibre el presupuesto, un objetivo que cualquier nación ha de conseguir si no quiere hipotecar a sus jóvenes. Estos grandes resultados se deben, entre otros factores, a una política monetaria hasta cierto punto sana, que no genera una inflación alta, lo que facilita sobremanera la vida de las clases medias. Comparado con España, el mercado laboral es mucho más flexible, las empresas encuentran menos obstáculos para poder abrir y las finanzas públicas están en orden, lo que anima a la inversión. Es este un tema profundo y que lamentablemente no se puede desarrollar aquí, pero qué duda cabe que un sistema económico estable es el principal garante de la paz entre los individuos y los colectivos.



Por último, y como consecuencia de todo lo anterior, tenemos el sistema político y la vida en sociedad. Y comencemos por el que creo que es el mayor problema de la política española: la corrupción. Y de esta desgracia son tan responsables los políticos, por protagonizarla, como los ciudadanos, por tolerarla y haberla integrado como un elemento más de la vida cotidiana en España. En Alemania, ante el más mínimo caso de corrupción - y estoy hablando de casos que se alejan bastante de los ERE o Gürtel -, el implicado dimite y no se le vuelve a ver el pelo. Los índices de corrupción son muchísimo más bajos y la población no duda en desconfiar de cualquier político al que se le sospeche el más mínimo trapicheo. Naturalmente en el Bundestag se suele ceder a las peticiones de los lobbys y las decisiones políticas siempre obedecen a intereses particulares y maniobras. Nihil novum sub sole.

Eso sí, la tensión y el cainismo de la política española no existen. Aquí hay dos partidos fuertes - la CDU y el SPD - y los Verdes y el FDP, no tan fuertes pero que suelen formar parte de muchos gobiernos . Son habituales las coaliciones y, a diferencia de España, estas pueden estar formadas por los dos grandes partidos, lo que los alemanes llaman la Gran Coalición. Les importa más la estabilidad de la nación que las disputas partidistas. Creo que particularmente este último punto le haría mucho bien a España, pero ya sabemos que el cainismo inunda todos los resquicios de la nación y lo que se refleja en la política no es más que un retrato del ciudadano medio. Schade.



La vida en la sociedad española está marcada por la tirantez, por la mala leche y la asignación de culpas, pero es que además las conversaciones de política están a la orden del día. En Alemania apenas se habla de política. En estos dos meses todavía no he escuchado a nadie poniendo a parir a Angela Merkel en el autobús o sacándole los colores al Gobierno Federal en la cola del supermercado. La política queda siempre en un segundo plano. La gente sigue adelante con su vida sin mirar a los políticos cada dos pasos. Ahora bien, es cierto que en esta conducta hay implícito un cierto borreguismo, pero siempre son más peligrosos unos borregos que embisten.

En este marco general se insertan los aspectos de la vida cotidiana en los que España debería aprender de Alemania. Es verdad que no son pocos, también que son de gran relevancia y habría que corregirlos, pero siguen sin ser suficientes para justificar el complejo general de los españoles. Los alemanes también tienen sus defectos. Hay en ellos cierta tendencia imperialista y se suelen disgustar si las cosas no se hacen a su manera. Podría decirse que el alemán es un ser arrogante porque conoce sus virtudes e ignora sus defectos y el español es un ser acomplejado porque conoce sus defectos e ignora sus virtudes.

Y va siendo hora de que conozcamos nuestras virtudes. De España han salido artistas brillantes como Dalí,Velázquez o Goya, nuestra literatura no conoce parangón. Es difícil encontrar en otras culturas a escritores tan inteligentes como Unamuno, Cervantes, Pérez Galdós, Quevedo, García Lorca o Góngora. La lista es interminable. Tenemos músicos que, de haber nacido en Brooklyn, serían de renombre internacional. Nuestro país ha cojeado siempre en las ciencias positivas. Eso nadie lo pone en duda. Pero antes de prejuzgarnos, tenemos que conocer que nuestra historia estuvo marcada durante mucho tiempo por el oscurantismo de la Inquisición, los reyes absolutistas, el hambre, el aislacionismo y el retraso y que hemos de tener paciencia mientras nos deshacemos del yugo del pasado. Sólo si cuidamos y protegemos a nuestros jóvenes, ponemos coto a la fuga de cerebros y creamos un ambiente de amor al conocimiento podremos lograrlo.

Ignoro si una de las consecuencias de la globalización será la supresión de las identidades nacionales, si en el futuro existirá en cada país una fusión de los elementos más significativos de todas las naciones. Me inclino a pensar que siempre hay un sustrato que permanece y que a medida que las influencias mutuas crecen, el mundo no sólo no se hace más homogéneo  sino que acaba por resultar en una serie de híbridos que lo convierten en un lugar más diverso y particular. Puede que dentro de 50 años el español, o lo que quede de él, siga despotricando contra sus compatriotas, pero mientras come sushi y ojea un periódico en inglés.



sábado, 17 de noviembre de 2012

He perdido el corazón en Heidelberg

Indiqué en un artículo hace unas semanas, que empezaría el  blog in medias res por cuestiones circunstanciales y capricho de las musas, así que me sentía en deuda con los lectores, que no han podido, hasta hoy, conocer el comienzo de mi aventura Erasmus. He aquí pues mi primera crónica en Heidelberg:

Como dice la clásica canción yo también he perdido el corazón en Heidelberg. Aunque a decir verdad he perdido tantas cosas aquí. En tan sólo dos semanas llegué a perder la paciencia, un kilo, el miedo a hablar alemán y muchos prejuicios, sobre mí y sobre el extranjero. Durante las últimas semanas he tenido tantos pensamientos en la cabeza que me ha costado una eternidad decidirme por uno, así lo mejor será desarrollar los hechos tal y como vengan a mi cabeza.

A los amantes de la aventura y la odisea les encantará la historia de cómo conseguí llegar a Heidelberg. Lunes, 1 de octubre, 5 de la mañana, aeropuerto de Málaga, caras de cansancio, gente durmiendo, torre de babel, cafés, maletas, más maletas y, por mi parte, nervios, incertidumbre, cero horas de sueño y una extraña sensación que me invade el cuerpo. ¿miedo? ¿emoción? ¿nostalgia? ¿pre-nostalgia? No importa. Hay sensaciones que sólo pueden expresarse con un ritmo musical y no con palabras. El día anterior estuvo lleno de despedidas, preparación de las maletas, apuntes de direcciones y planes que luego Dios sabe si se llevarían a cabo.

A las 7 de la mañana despegó el avión con destino a Frankfurt. Un vuelo tranquilo, sin sobresaltos y dominado por el cansancio y el sueño. Sólo más tarde me daría cuenta de que esas tres horas de vuelo serían mis últimos momentos de reposo hasta la noche. Justo al aterrizar comenzaron los problemas, cómo no, en forma de desorientación. Pensé yo que me encontraba en el Aeropuerto internacional de Frankfurt, justo al lado de la estación de trenes, desde donde llegaría a Heidelberg. Cuando llegué, me sorprendió lo pequeño que era. Había leído que el de Frankfrut era el tercer aeropuerto con más tránsito de Europa. Quién me iba a decir a mí que en Frankfurt hay dos aeropuertos y que yo me encontraba en el de Hahn, a una hora de la estación. Entre el cansancio y el choque cultural, apenas pude balbucear unas preguntas en alemán en un punto de información. De repente es como si se me hubiese olvidado el alemán. Tras un cuarto de hora de preguntas con respuestas poco diáfanas, logré rescatar cierta información de mi interlocutora. Había un autobús que me dejaba directamente en Heidelberg sobre las 4 de la tarde, pero justo a las 4 menos 10 tenía que estar en la pequeña localidad vecina de Neckargemünd, ya que tenía una entrevista en la que esperaba fuese mi residencia en Heidelberg, así que tuve que coger un autobús hacia la estación y ya en ésta un tren hasta Neckargemünd. 15:30. Neckargemünd. Ahora el objetivo era dar con la casa en la que tenía que presentarme. Con una maleta de 20 kilos a cuestas, la tarea no iba a ser sencilla, y más cuando, después de preguntar a varios transeúntes, caí en la cuenta de que no tenía el número concreto de la casa. Durante unas horas me desapareció el cansancio y el hambre y mi cuerpo comenzó a alimentarse únicamente de la rabia del momento. Derrotado y desilusionado, pero con fuerzas para continuar al siguiente día, emprendí el viaje hacia Heidelberg y hacia el albergue en el que me hospedaría los siguientes días. "Mañana será otro día", pensé.



Dice el refranero español que a quien madruga, Dios le ayuda.Y en mi segundo día este dicho se cumplió a rajatabla. Me levanté a las 7 de la mañana para aprovechar el día buscando piso. Si mi primer día en Heidelberg estuvo marcado por la desorientación, la derrota, el cansancio y la mala suerte, en mi segundo día, con las pilas recién cargadas, tuve la oportunidad de apreciar la belleza de la ciudad, de conocer gente y, sí, por fin, de encontrar alojamiento, en una residencia desde la que ahora, mientras navego por mis recuerdos, tecleo estas líneas. Han pasado ya casi dos meses. Ahora estoy completamente asentado en la ciudad, la conozco como la palma de mi mano, cosa no muy difícil, y he arreglado todos los temas burocráticos con la universidad. Sin duda, han sido muchas las impresiones que me ha producido esta experiencia hasta ahora, pero no hay ni espacio, ni contexto para continuarlas en esta entrada, sino en las muchas más que me quedan por escribir. En realidad, es  con este artículo con el que debería haber empezado mi blog, pero la inspiración es caprichosa y me sugería otros temas e impresiones. Ahora tengo que seguir con mis traducciones. ¡Saludos!